7 nov 2012

Entre sapos y lobos


Cuando somos niñas pasamos por una época en la que los niños nos caen mal, nos tiran del pelo, nos suben la falda, se meten con nosotras porque no jugamos al balón o simplemente porque a ellos tampoco les caemos bien.

Nunca vamos a tener novio porque no nos gustan los chicos, son tontos y brutos.

El curso siguiente, llega a clase un niño nuevo, que probablemente no sea del agrado de nuestras madres y, por tanto, empiece a serlo del nuestro.

Llenamos nuestras carpetas con sus iniciales y el número de corazones que ponemos alrededor de su nombre es proporcional al número de compañeras a las que gusta y al número de veces que le llaman la atención en clase.

Mitificamos las relaciones de pareja desde pequeñas con historias de caballeros andantes o a galope que te llevan a sus castillos de luz y color entre corazones y besos, cuando a la gran mayoría de nosotras el que nos gustaba era el rebelde. Y es que todas, en menor o mayor medida, hemos tenido un Danny Zuko  (*Grease).

Pasan los años, Danny pasa de moda y ahora nuestro príncipe se acerca más a Edward Lewis (Pretty Woman). No es que nos sintamos putas y tampoco es que necesitemos que nos hagan la pelota por una Visa en Rodeo Drive; todo es por aquella última escena en la que el llega con el ramo de flores a rescatarla de su apartamento luchando heroicamente contra el miedo a las alturas.

Y a las que no nos gustaba tanto la ostentación de la limusina y la opera, teníamos a Johnny Castle (Dirty Dancing) como patrón de hombre  que queríamos en nuestra vida; un rebelde que no dudaría en enfrentarse a nuestra familia si fuera preciso con tal de que no nos arrinconase nadie.

Y así, cada una de nosotras vamos besando príncipes que se convierten en sapos, sapos que se convierten en príncipes pero que nos besan a nosotras y nos convertimos en ranas…y vamos acumulamos besos, sapos, charcas, príncipes y lobos que nos ayudan a mejorar y a desmitificar escenas, frases y películas completas que descubrimos que su final se debe a estar incompleta.

Transcurre el tiempo y vamos escribiendo nuestro propio guion que, al pararnos un momento a leerlo, nos damos cuenta de que es mejor que ninguna película facilona y cargada de clichés románticos.

No necesitamos la perfección, porque no es útil ni real y con el tiempo lo que nos emociona deja de ser los edulcorado para empezar a ser lo autentico.

Si hoy yo tuviese que casarme, no pediría para mi relación perdices ni sabanas de seda, no querría lunas de miel, tan solo lunas; ni necesitaría promesas que hoy son reales pero que mañana nadie sabe.

Si hoy tuviese que casarme lo haría con condiciones:

1-  En primer lugar, empezaremos por no engañarnos. Y para ello, quitaremos la palabra SIEMPRE de toda oración y documento que hable de ti y de mí como pareja. La cambiaremos por: mientras yo te quiera y/o tú me quieras.

Y comenzaremos a hacerlo el día de la boda. Nada de promesas que no sabemos si cumpliremos. No vamos a querernos siempre, lo haremos hasta que dejemos hacerlo, y si llega ese día, nos lo comunicaremos.

2- No olvidaremos nuestra individualidad. Estar casados no implica ser  cadena y grillete. Ambos tenemos vidas antes de nosotros y ambos hemos de seguir teniéndola.

Por lo que, los huecos los sacaremos para estar juntos y no para despejarnos el uno del otro; ya que es mejor dos horas deseando que lleguen que todo un día esperando que acabe.

3- No nos reprocharemos actitudes o costumbres que existían desde el primer día, ya que no nos queremos por ser perfectos, sino a pesar de nuestras imperfecciones.

4- El trabajo, los amigos, los hobbies...no tienen por qué ser algo común, por lo que no se ha de forzar que lo sea ni se ha de tener que esperar la aprobación del otro.

Mi trabajo y amigos son míos. Y no han de gustarte a ti, solo a mí. Y VICEVERSA.

5- Si odias planchar y yo cocinar...yo plancho y tu cocinas. EQUILIBRIO.

6- Tú trabajas, yo trabajo...por lo que pedir permiso para tener caprichos es triste, absurdo e ilógico cuando se puede.

7- No nos haremos nada que no nos gustaría que nos hiciesen a nosotros y, si tenemos la necesidad de hacerlo, primero avisaremos. De esa forma lo haremos sin remordimientos y siendo fieles a nosotros mismos.

8- El día que dejemos de querernos, intentaremos recordar el por qué nos casamos y primará sobre el por qué nos separamos. De esa manera...habrá valido la pena.

9- Y para concluir...no creo en el matrimonio, pero si en la pareja. Al final todas las clausulas se resumen en:

10- Jamás haría daño a propósito a nadie a quien quiero y me caso contigo porque sé que tu tampoco lo harías, porque somos igual de honestos para decirnos "sí, quiero" que para decirnos "se acabo", pero ante todo nos respetamos y eso implica que algunas cosas tuyas no me gusten y viceversa pero en la balanza, hoy, sigue ganando por mucho todo lo tuyo que me completa.




3 oct 2012

Simplificando la autotragedia


Todo lo malo que nos ocurre nos ayudar a valorar lo bueno que viene.

Una visión optimista de los problemas, válida para alguno y frívola para otros tanto.

Cierto es que hay situaciones que no podemos controlar, que no dependen de nosotros y vienen, en el momento más inoportuno el cual es SIEMPRE ya que no tenemos un avisador de todo lo que nos rodea.

Y cuando llegan, cada uno los asumimos como mejor podemos, sabemos o queremos. Los afrontamos, huimos de ellos, nos enfadamos con el mundo y todo el que está en él, con Dios, con Buda, con familiares y/o amigos; los asumimos,  nos resignamos, nos enfrentamos a la nueva situación... Todas son soluciones aptas.

Pero, en ocasiones, nos gusta rizar el rizo y buscar conflictos donde tan solo hay diferencias de opiniones, inseguridades, miedos o un mal día.

Durante minutos, horas o días somos los reyes de la tragedia y el melodrama.

  •           Suspendí el examen cuando contesté exactamente igual que aquel que aprobó.
  •           Le han subido el sueldo a aquel que lleva dos años menos en la empresa.
  •           No me manda los mismos mensajes que hace dos semanas.
  •           Mi hermano mayor habla conmigo cada 3 semanas y con el menor cada 2.
  •           Se me ha roto el coche justo cuando más lo necesitaba.
  •           No me llama, no me llama, no me llama…

Ante cualquiera de estas situaciones podemos llegar a hacer una película de serie B cuyo argumento sería una conjura del mundo contra uno mismo:

  •           Suspendí injustamente
  •           Seguro es familiar de alguien de RRHH, o más propio, seguro que se acuesta con el/la jefe/a.
  •           Hay otra.
  •           No me quiere tanto.
  •           Me han echado un mal de ojo. Soy un desgraciado.
  •           Sigue habiendo otra.

Y así día tras día, año tras año, sacando nuestras propias conclusiones y sintiéndonos victimas de nuestra propia vida y haciéndola girar en torno a una realidad virtual que nos hace sentir, a priori, aliviados.

No aprendemos absolutamente nada, pero estamos increíblemente satisfechos con la idea de que todas esas pequeñeces son fruto de la falta de comprensión que hay hacia nosotros.

Existe un proverbio árabe que dice: Si un hombre te dice que pareces un camello, no le hagas caso; si te lo dicen dos, mírate al espejo.

Reconocer errores propios no es sencillo pero ver en toda “diferencia” un complot contra nuestra persona no es sano ni para nosotros ni para nuestro entorno.

Puede que si dejamos de echar balones fuera aprendamos a superarnos,  a reconocer nuestros tropiezos, a no perder el tiempo esperando, a ser resolutivos, a dar importancia solo a lo importante.

Puede que si dejamos de echar balones fuera el punto de vista cambie:
  •           Suspendí porque no me debí aplicar lo suficiente.
  •           Le han subido el sueldo porque se lo ha ganado.
  •           No me manda los mismos mensajes porque está más ocupado.
  •           Mi hermano habla menos conmigo porque siempre he sido más independiente.
  •           Ya estaba tardando en estropearse el coche! Demasiado que me ha aguantado 300.00 km.
  •           No me llama. Luego le llamaré.

Puede que esta no sea la fórmula adecuada, pero quita piedras del camino. Y a fin de cuentas, la meta es solo una sucesión de pasos, y sin obstáculos absurdos se llega antes.

Lo único que nos queda es simplificar y dejarse llevar.

22 ago 2012

Desequilibrio equilibrado


Nos equivocamos decenas de veces a la semana, miles al año y la mayoría de las ocasiones es para llevarnos a aciertos.
Hay ocasiones en que parece que el mundo se conjura contra nosotros, todo se pone del revés y cada cosa que tocamos se rompe.
La estabilidad crea una costumbre y el cambio la desconcierta.
Todo lo malo viene junto! Lamentamos.
Puede que no sea casual y que los problemas no se acumulen y exploten un buen día despidiendo metralla de fracasos y desaciertos para jodernos la vida.
Puede que estemos tan acostumbrados a la estabilidad que cuando hace acto de presencia  el primer traspié, en vez de estrecharle la mano, darle la bienvenida y afrontarlo; lo escondamos debajo del a cama y esperamos a que se lo lleve el viento pensando que lo que ha entrado por nuestra puerta es una mota de polvo.
Y, puede, que en vez de salir corriendo por la ventana con el primer portazo como si de un amante agazapado se tratase, se quede anclado en un resquicio de la pata que sujeta tu somier.
Ya no lo vemos, que alivio.
Y así hacemos con el segundo obstáculo, con el tercero…todo el polvo debajo de la cama, que allí desaparecen las cosas solas y se olvidan. Hasta que un día llega un problema que no cabe en ningún sitio y nos hace tener que movernos y reaccionar.
Puede que esa mañana nos levantemos con ganas de coger el toro por los cuernos y poner remedio a esto último que nos ha perturbado toda la noche. Pero cuando ponemos los pies en el suelo nos vemos descalzos, semidesnudos y rodeados de un círculo de motas de polvo unidas entre sí que carece de principio y de final.
  • Madre mia!! La de problemas que vienen juntos!

Parece que no hay nada que no salga mal, hasta se han confundido con el cambio en la frutería y nos han dado de menos.
Puede que asumamos que la mala suerte nos persigue y esperemos que venga alguien a barrer nuestro polvo y, probablemente, a devolverlo debajo de nuestra cama.
No sabemos por dónde está la línea de salida. Y empezamos a dar vueltas sobre nosotros mismos anhelando el ayer porque el hoy está lleno de una mierda que, encima, ha llegado por sorpresa.
Nos sentimos perdidos, aturdidos, incómodos y fracasados. Nos enfadamos, lloramos y lamentamos. Hablamos con amigos, con familiares y hasta rezamos sin ser creyentes (por si las moscas..) para encontrar la salida.
Hay dificultades sencillas que se solventan en diez minutos, las hay que las hemos creado por no ser previsores, otras que suponen un cambio y algunas que no tienen arreglo. Puede que la solución a las que sí lo tienen no sea girar sobre nosotros, sino asumir nuestra parte de culpa en cada situación para poder ver respuestas.
Porque, tal vez, cuando tengamos el valor suficiente para admitir nuestros fallos veamos que las motas de polvo no están unidas, solo juntas. Los problemas no vienen a la vez, sino uno a uno y muchos de ellos son la consecuencia de otros que tapamos.
Puede que tan solo debamos coger la escoba y comenzar a barrer el primero que metimos bajo la cama, porque a fin de cuentas, el último ya nos ha hecho movernos, así que, porque no, hagámoslo bien y así tal vez nos demos cuenta de que al igual que no arreglar un problema lleva a otro, enmendar el primero da pie a hacerlo con el segundo.
Puede que tardemos meses e incluso años en hacer la limpieza, y entre medias, se nos cuelen montones de problemas nuevos por la ventana, pero, a fin de cuentas de esos se trata, de desequilibrarnos para poder equilibrarnos; ya que cada uno de ellos nos ayuda a valorar algo que dábamos por hecho y a lo que nos habíamos acostumbrado. Y cada solución que encontramos nos hace sentir vivos, validos y nos hace sonreír.


21 ago 2012

Pequeñas personas, Grandes cuerpos


Algunas noches, cuando a pesar del sueño con consigo dormir, me entretengo buscando en internet artículos, cantantes que no conozco, películas…y esta noche han sido cortometrajes.
Habré visto más de una veintena ya que la noche tienes más horas viviéndola despierto.
Uno de ellos tan solo era una carta de apenas cuatro minutos; una carta de despedida en la que él se sincera haciéndole saber a ella que todo aquello que un día le enamoró es lo que hoy le hace decir adiós.
¿A quién no le pasa eso?
Te enamoras de alguien reservado y enigmático y te acabas separando de un aburrido de corazón blindado.
Te enamoras de alguien atento que mediante llamadas y mensajes te hace saber cada día 20 veces que piensa en ti y te separas de alguien que absorbía tu individualidad.
Te enamorar de alguien ambicioso y con pasión por su trabajo y te separas vía correo electrónico de un desconocido al que apenas ves ya que en su – más, tu no encajas aun.
Y con el resto…hacemos lo mismo?
¿Las cualidades por las que damos la bienvenida en nuestra vida son las mismas que acabamos detestando?
Encuentras un empleo nuevo. Te dan móvil de empresa, una agenda, una mesa y un sueldo mejor que el anterior.
Sales eufórico de la última entrevista en la que te han dicho que empiezas el lunes. El sueldo ha mejorado, las tardes de los viernes la tienes libre, te han dado una blackberry y tu mesa…esa mesa…es el doble de grande que la anterior!
Estás orgulloso, satisfecho. Has mejorado, has peleado y te lo has ganado.
Y cada dia, mientras dura esa sensación de triunfo, vas contento a trabajar.
El jueves a la salida te encuentras a un amigo y decidis tomaros una cerveza.
Le suena el teléfono.
  • Te has comprado un Iphone?
  • No, es el de la empresa
Y justo en ese instante y a causa de un estúpido teléfono, comienza un declive interior.  
  • Qué suerte. A mí me dieron….esta mierda.
Y a partir de ahí según transcurren los días tu horario comienza a parecerte mejorable, el sueldo escaso, los compañeros unos trepas, la agenda una basura porque no es de día por pagina…
¿Cuánto tarda la enorme mesa en quedarse pequeña?
Dejamos de querer por las mismas razones que comenzamos a hacerlo, nos aburre nuestro empleo por lo que nos ilusionó, cambiamos de vivienda convirtiendo en defectos las cualidades que nos hizo adquirirla, se nos empequeñecen la música, los libros, el coche, la ropa, las compañías, etc…y en todo ese ciclo de cambios ¿Cuándo nos quedamos nosotros pequeños?

18 ago 2012

Batman del siglo XXI


Vuelco en una coctelera a Bruce Wayne, Robin y Catwoman (Selina), les quito los recuerdos, los endulzo con la memoria actualizada y aparece esto:
Si bien en la historia que la mayoría conocemos Bruce Wayne era huérfano tras perder a sus padres asesinados durante un asalto, Robin era su fiel amigo, su alumno y el único que podía entender la naturaleza de Batman ya que ambos habían sufrido pérdidas por razones similares, Catwoman era una ladrona con su propia escala de valores a la que unía una relación amor-odio con Batman….a día de hoy la historia entre ellos, se reescribiría de otra forma.
Y esta es la mía:
Wayne- Un hombre honrado, de vida tranquila, trabajador desde hace años tras una mesa adornada con un ordenador y con la tranquilidad que le proporciona un trabajo estable, sin pararse a pensar si lo que hace le llena, pues lo que le llena es la estabilidad.
Amigo de sus amigos, educado, correcto, crítico con las injusticias y en ocasiones intolerante hacia otros puntos de vista.
Siempre coordinado por las mañanas, por las tardes, por la noche, en la indumentaria, en los amigos, en el trabajo, en la música…siempre coordinado.
Camina por la calle mirando al suelo para que ninguno de los pasos que dé sea en balde o le lleve a algo inesperado.
Es de aquellos hombres que antes de comenzar un libro lee la última página, que antes de comprar un CD lo escucha entero en internet. De aquellos que hacen las cosas con garantías.
Robin – Mi Robin es indiscutiblemente una mujer.
Ningún hombre soportaría pasar el día arreglando el mundo al lado de un intransigente, egocéntrico y arrogante Batman y, además, hacerlo porque es su amigo, no su jefe.
Robin es una mujer enamorada de su compañero, de su pareja, de su piloto. Una mujer que no cambia de nombre al llegar la noche.
Es Robin; inteligente, disciplinada, buena oyente, buena conversadora, con sereno atractivo y lo suficientemente generosa como para acceder sin queja a los caprichos de su idolatrado Wayne.
En mi actualidad, la mansión Wayne sería un presuntuoso loft decorado en muebles lacados en blanco,  con grandes ventanales que albergan tras sus cristales una de las principales avenidas de una  gran ciudad. Gotham, tal vez…
Loft Wayne: impersonal, escrupulosamente ordenado y socialmente correcto. Perfecto para él, para la serenidad d su entorno, de su vida, de su Robin.
Un buen día y como cada mañana, él sale de su perfecto loft y comienza a caminar las calles con destino algún recado.
Mientras mira al suelo para no tropezar con sus propios pasos, unos zapatos negros de tacón de aguja se abalanzan sobre los suyos. Y es que, podemos controlar las piedras que nosotros vemos, pero nunca los ojos ajenos.
Y antes de levantar la vista, mientras pasa un impoluto pañuelo blanco que tenia en su bolsillo a la marca que le han dejado los zapatos de aquellos pies que aun no tenían cara, piensa enfurecido:
“Como se atreve nadie a llevar esos zapatos. Puede tropezar y romperse una pierna o…peor aún, rompérsela a alguien o mancharle los zapatos”.
  • Disculpa. Iba distraída mirando a aquel gato que corre por la azotea.
  • Pues hágase un favor y mire al frente, que si no lo hace nunca sabrá dónde llegará; y ahora ha sido mi pie, pero podría haber sido una alcantarilla abierta.
Ella sonríe ya que está recibiendo una lección gratuita de un desconocido que, francamente, no necesita saber.
  •  Me llamo Selina, aunque en ocasiones me llaman Catwoman. Y gracias por sus consejos pero se equivoca. Si solo miro al frente no hubiese visto al gato en la azotea y me perdería lo que hay a  derecha e izquierda. Es cierto que he tropezado, pero es un riego calculado y asumido.
Wayne levantó la vista para ver cómo era la cara de “la insolencia”.


Un vestido negro, un foulard rojo nada ostentoso, uñas mordidas, melena desaliñada y unos ojos…vivos.
Sintió curiosidad al instante por saber algo más sobre aquellos ojos.
  • ¿Selina me ha dicho?
  • Si, aunque en ocasiones me llaman Catwoman.
  • ¿Se puede saber por qué?
  • Claro, mira, entramos en esta cafetería y charlamos.
  • No, iba de frente y la cafetería está a la derecha.
  • Bueno, pues nos sentamos aquí en la acera, de esa manera podrás seguir de frente cuando nos levantemos.
  • No, me mancharía el traje.
  • No te preocupes (se quitó el foulard que adornaba su cuello). Ponemos esto en el suelo y así no te ensucias.
  • No, tengo cosas que hacer, no tengo tiempo y he de avanzar.
  • Perfecto Señor…..?
  • Wayne, Bruce Wayne.
  • Pues señor Wayne, no quiero ser yo quien le haga retroceder. Tal vez en otra ocasión nos veamos.
Y sin más, Selina se marchó desviando la vista a derecha e izquierda y con los zapatos en la mano para ese día no volver a tropezar con ningún desconocido tan estructuradamente interesante que le haga volver la cabeza para verle marchar.
Wayne no paró, siguió a sus pies hasta el supermercado para comprar una caja de leche, un paquete de azúcar y dos kilos de tomates de ensalada.
Al llegar a su loft, dejo la bolsa de la compra sobre la encimera de la cocina y se dirigió a la ventana.
En frente, un gato vagaba por una cornisa de lado a lado sin más destino que una vez que llegaba a derecha, girar a izquierda.
No había podido quitarse a esa mujer de la cabeza: Por qué la llamarían Catwoman? Acaso ella jugaba en los tejados? Por qué tropezó conmigo? Por qué se quería sentar con un desconocido en medio de la calle? Por qué siento curiosidad?  Por qué…? Por qué…?
Y entre tanta pregunta, se comenzó a excitar. No eran las dudas, era ella. Su seguridad e insolencia, su confianza y su torpeza, desgarbada pero con tacones de aguja…una contradicción en sí misma…Selina pero Catwoman...
El gato por fin supo su destino; tumbarse y lavarse mientras Wayne le miraba pensando ella.
¿Y si me hubiese parado a hablar con ella? El recado que tenía que hacer no iba a caducar.
¿Y si hubiese sido más amable con ella? ¿Y si a parte de mirar al frente de vez en cuando miro a ambos lados? Tal vez así me la vuelva a encontrar, puede que incluso aprenda algo sobre ella, sobre mí, sobre algo.
Le hubiese gustado pararse con ella, comer con ella y, a esas alturas de la noche, incluso descubrir los rincones que albergaba ese vestido.
Pero, tenía que seguir de frente, comprar leche, el periódico, saludar a Javi que está en su tienda, llamar a Edu para ver que hace el fin de semana, ir a ver a Robin.
Tenia que…
Tenia que…
Tenia que…
Lo repitió 3 veces y a la cuarta:
Pero quería…
Ahí estaba la cuestión: ¿Quiero hacer lo que tengo que hacer? ¿O tengo que hacer lo que quiero hacer?
Ser responsable no está ligado a dejar de disfrutar del quiero. Solo hay que ser honesto y consecuente.
Puede que llevar tacones de aguja no sea responsable. Puedes tropezar, torcerte un tobillo, romperte un tacón. Deforman los pies, pueden producir problemas en la espalda, y dan dolor. Pero, si llevas un bolso a modo de bandolera podrás poner las manos en la caída, si llevas medio número más y plantillas de gel, no dolerán  y es probable que no te importe andar descalza en caso de que un tacón se rompa.
Y así, esa noche mirando por la ventana a un gato cualquiera y pensando en una extraña, Wayne se convirtió en Batman.
En un hombre que medía las consecuencias de la caída antes de cada salto, pero que saltaba porque era lo que quería hacer.
Un hombre que para algunos era un villano, para otros un héroe, pero que era exactamente quien quería ser.
El resto de la historia…cada uno que la cree. No soy quien para escribir finales, nunca me han gustado.
Tal vez Batman enseñe a Robin a desaliñarse la melena.
Tal vez Batman comience a mirar a derecha e izquierda buscando gatos en las azoteas.
Tal vez se tropiece con esa desgarbada Selina que, puede, aun espera sentarse con él en medio de la acera.
Tal vez Batman sí quiera entrar a la cafetería y entienda que ella no quería sentarse en la calle, solo le ponía fácil el seguir de frente.
Tal vez Batman, en ese café descubra el por qué de Catwoman.

17 ago 2012

Y si...?


Cada día tomamos decisiones acertadas, erróneas, meditadas y a veces espontáneas. Y esas decisiones nos convierten en nuestro yo de mañana.
Pero hay ocasiones en que parece que no las tomemos nosotros.  Sin preverlo un día llega una fuerza motriz que parece que las tome por ti….o tal vez no.
Insistimos en ver casualidades, en ver señales, en ver sendas….pero, hasta donde las creamos nosotros?
Un día recibes una llamada al móvil de alguien que se ha confundido, ese día te has levantado amable y el señor X se ha despertado sociable. Te has equivocado le dices.
Y ahí…empieza una conversación.
ÉL veranea en tu código postal, tu vivías en el suyo…parece que los astros se hayan alineado para que debas seguir hablando con él.
Y a medida que lo hacéis, se crea una empatía, un feeling , un “algo raro” que os abre la curiosidad de conoceros, así que decidís hacerlo porque…todo ha sido tan casual que quieres descubrir si, tal vez, es causal.
¿Hasta donde hay que seguir esas “señales”? ¿La curiosidad realmente mato al gato? ¿O le hizo encontrar una salida de ese garaje en el que se había quedado encerrado?
Ambos lo tenéis claro, vais a quedar por que hay que saber cómo termina esta partida en la que os habéis visto envueltos. ¿Ganaremos? ¿Perderemos? ¿Quedaremos en tablas?
¿Sigue siendo todo tan casual? ¿O lo estáis provocando vosotros? Si…de camino pinchas una rueda…¿también pensaras que es una señal para que no vayas? ¿O dirás que ganar siempre es mejor cuando hay obstáculos?
No hay más casualidades que las que queremos ver ni más señales que las que queramos seguir.
Interpretamos las circunstancias, las palabras y los gestos a nuestro antojo y los convertimos en positivo o negativo influenciados por nuestro estado de ánimo, por nuestras propias ganas de hacer un momento de tu vida algo interesante, o no. Y decidimos hasta donde.
La curiosidad no mató al gato; lo mató la caída de la ventana cuando encontró la salida, el arranque del coche cuando él se escondió en el motor, la rueda de un coche cuando intentaba seguir las líneas blancas, lo mató la vejez. Nunca la curiosidad.