18 ago. 2012

Batman del siglo XXI


Vuelco en una coctelera a Bruce Wayne, Robin y Catwoman (Selina), les quito los recuerdos, los endulzo con la memoria actualizada y aparece esto:
Si bien en la historia que la mayoría conocemos Bruce Wayne era huérfano tras perder a sus padres asesinados durante un asalto, Robin era su fiel amigo, su alumno y el único que podía entender la naturaleza de Batman ya que ambos habían sufrido pérdidas por razones similares, Catwoman era una ladrona con su propia escala de valores a la que unía una relación amor-odio con Batman….a día de hoy la historia entre ellos, se reescribiría de otra forma.
Y esta es la mía:
Wayne- Un hombre honrado, de vida tranquila, trabajador desde hace años tras una mesa adornada con un ordenador y con la tranquilidad que le proporciona un trabajo estable, sin pararse a pensar si lo que hace le llena, pues lo que le llena es la estabilidad.
Amigo de sus amigos, educado, correcto, crítico con las injusticias y en ocasiones intolerante hacia otros puntos de vista.
Siempre coordinado por las mañanas, por las tardes, por la noche, en la indumentaria, en los amigos, en el trabajo, en la música…siempre coordinado.
Camina por la calle mirando al suelo para que ninguno de los pasos que dé sea en balde o le lleve a algo inesperado.
Es de aquellos hombres que antes de comenzar un libro lee la última página, que antes de comprar un CD lo escucha entero en internet. De aquellos que hacen las cosas con garantías.
Robin – Mi Robin es indiscutiblemente una mujer.
Ningún hombre soportaría pasar el día arreglando el mundo al lado de un intransigente, egocéntrico y arrogante Batman y, además, hacerlo porque es su amigo, no su jefe.
Robin es una mujer enamorada de su compañero, de su pareja, de su piloto. Una mujer que no cambia de nombre al llegar la noche.
Es Robin; inteligente, disciplinada, buena oyente, buena conversadora, con sereno atractivo y lo suficientemente generosa como para acceder sin queja a los caprichos de su idolatrado Wayne.
En mi actualidad, la mansión Wayne sería un presuntuoso loft decorado en muebles lacados en blanco,  con grandes ventanales que albergan tras sus cristales una de las principales avenidas de una  gran ciudad. Gotham, tal vez…
Loft Wayne: impersonal, escrupulosamente ordenado y socialmente correcto. Perfecto para él, para la serenidad d su entorno, de su vida, de su Robin.
Un buen día y como cada mañana, él sale de su perfecto loft y comienza a caminar las calles con destino algún recado.
Mientras mira al suelo para no tropezar con sus propios pasos, unos zapatos negros de tacón de aguja se abalanzan sobre los suyos. Y es que, podemos controlar las piedras que nosotros vemos, pero nunca los ojos ajenos.
Y antes de levantar la vista, mientras pasa un impoluto pañuelo blanco que tenia en su bolsillo a la marca que le han dejado los zapatos de aquellos pies que aun no tenían cara, piensa enfurecido:
“Como se atreve nadie a llevar esos zapatos. Puede tropezar y romperse una pierna o…peor aún, rompérsela a alguien o mancharle los zapatos”.
  • Disculpa. Iba distraída mirando a aquel gato que corre por la azotea.
  • Pues hágase un favor y mire al frente, que si no lo hace nunca sabrá dónde llegará; y ahora ha sido mi pie, pero podría haber sido una alcantarilla abierta.
Ella sonríe ya que está recibiendo una lección gratuita de un desconocido que, francamente, no necesita saber.
  •  Me llamo Selina, aunque en ocasiones me llaman Catwoman. Y gracias por sus consejos pero se equivoca. Si solo miro al frente no hubiese visto al gato en la azotea y me perdería lo que hay a  derecha e izquierda. Es cierto que he tropezado, pero es un riego calculado y asumido.
Wayne levantó la vista para ver cómo era la cara de “la insolencia”.


Un vestido negro, un foulard rojo nada ostentoso, uñas mordidas, melena desaliñada y unos ojos…vivos.
Sintió curiosidad al instante por saber algo más sobre aquellos ojos.
  • ¿Selina me ha dicho?
  • Si, aunque en ocasiones me llaman Catwoman.
  • ¿Se puede saber por qué?
  • Claro, mira, entramos en esta cafetería y charlamos.
  • No, iba de frente y la cafetería está a la derecha.
  • Bueno, pues nos sentamos aquí en la acera, de esa manera podrás seguir de frente cuando nos levantemos.
  • No, me mancharía el traje.
  • No te preocupes (se quitó el foulard que adornaba su cuello). Ponemos esto en el suelo y así no te ensucias.
  • No, tengo cosas que hacer, no tengo tiempo y he de avanzar.
  • Perfecto Señor…..?
  • Wayne, Bruce Wayne.
  • Pues señor Wayne, no quiero ser yo quien le haga retroceder. Tal vez en otra ocasión nos veamos.
Y sin más, Selina se marchó desviando la vista a derecha e izquierda y con los zapatos en la mano para ese día no volver a tropezar con ningún desconocido tan estructuradamente interesante que le haga volver la cabeza para verle marchar.
Wayne no paró, siguió a sus pies hasta el supermercado para comprar una caja de leche, un paquete de azúcar y dos kilos de tomates de ensalada.
Al llegar a su loft, dejo la bolsa de la compra sobre la encimera de la cocina y se dirigió a la ventana.
En frente, un gato vagaba por una cornisa de lado a lado sin más destino que una vez que llegaba a derecha, girar a izquierda.
No había podido quitarse a esa mujer de la cabeza: Por qué la llamarían Catwoman? Acaso ella jugaba en los tejados? Por qué tropezó conmigo? Por qué se quería sentar con un desconocido en medio de la calle? Por qué siento curiosidad?  Por qué…? Por qué…?
Y entre tanta pregunta, se comenzó a excitar. No eran las dudas, era ella. Su seguridad e insolencia, su confianza y su torpeza, desgarbada pero con tacones de aguja…una contradicción en sí misma…Selina pero Catwoman...
El gato por fin supo su destino; tumbarse y lavarse mientras Wayne le miraba pensando ella.
¿Y si me hubiese parado a hablar con ella? El recado que tenía que hacer no iba a caducar.
¿Y si hubiese sido más amable con ella? ¿Y si a parte de mirar al frente de vez en cuando miro a ambos lados? Tal vez así me la vuelva a encontrar, puede que incluso aprenda algo sobre ella, sobre mí, sobre algo.
Le hubiese gustado pararse con ella, comer con ella y, a esas alturas de la noche, incluso descubrir los rincones que albergaba ese vestido.
Pero, tenía que seguir de frente, comprar leche, el periódico, saludar a Javi que está en su tienda, llamar a Edu para ver que hace el fin de semana, ir a ver a Robin.
Tenia que…
Tenia que…
Tenia que…
Lo repitió 3 veces y a la cuarta:
Pero quería…
Ahí estaba la cuestión: ¿Quiero hacer lo que tengo que hacer? ¿O tengo que hacer lo que quiero hacer?
Ser responsable no está ligado a dejar de disfrutar del quiero. Solo hay que ser honesto y consecuente.
Puede que llevar tacones de aguja no sea responsable. Puedes tropezar, torcerte un tobillo, romperte un tacón. Deforman los pies, pueden producir problemas en la espalda, y dan dolor. Pero, si llevas un bolso a modo de bandolera podrás poner las manos en la caída, si llevas medio número más y plantillas de gel, no dolerán  y es probable que no te importe andar descalza en caso de que un tacón se rompa.
Y así, esa noche mirando por la ventana a un gato cualquiera y pensando en una extraña, Wayne se convirtió en Batman.
En un hombre que medía las consecuencias de la caída antes de cada salto, pero que saltaba porque era lo que quería hacer.
Un hombre que para algunos era un villano, para otros un héroe, pero que era exactamente quien quería ser.
El resto de la historia…cada uno que la cree. No soy quien para escribir finales, nunca me han gustado.
Tal vez Batman enseñe a Robin a desaliñarse la melena.
Tal vez Batman comience a mirar a derecha e izquierda buscando gatos en las azoteas.
Tal vez se tropiece con esa desgarbada Selina que, puede, aun espera sentarse con él en medio de la acera.
Tal vez Batman sí quiera entrar a la cafetería y entienda que ella no quería sentarse en la calle, solo le ponía fácil el seguir de frente.
Tal vez Batman, en ese café descubra el por qué de Catwoman.

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