22 ago. 2012

Desequilibrio equilibrado


Nos equivocamos decenas de veces a la semana, miles al año y la mayoría de las ocasiones es para llevarnos a aciertos.
Hay ocasiones en que parece que el mundo se conjura contra nosotros, todo se pone del revés y cada cosa que tocamos se rompe.
La estabilidad crea una costumbre y el cambio la desconcierta.
Todo lo malo viene junto! Lamentamos.
Puede que no sea casual y que los problemas no se acumulen y exploten un buen día despidiendo metralla de fracasos y desaciertos para jodernos la vida.
Puede que estemos tan acostumbrados a la estabilidad que cuando hace acto de presencia  el primer traspié, en vez de estrecharle la mano, darle la bienvenida y afrontarlo; lo escondamos debajo del a cama y esperamos a que se lo lleve el viento pensando que lo que ha entrado por nuestra puerta es una mota de polvo.
Y, puede, que en vez de salir corriendo por la ventana con el primer portazo como si de un amante agazapado se tratase, se quede anclado en un resquicio de la pata que sujeta tu somier.
Ya no lo vemos, que alivio.
Y así hacemos con el segundo obstáculo, con el tercero…todo el polvo debajo de la cama, que allí desaparecen las cosas solas y se olvidan. Hasta que un día llega un problema que no cabe en ningún sitio y nos hace tener que movernos y reaccionar.
Puede que esa mañana nos levantemos con ganas de coger el toro por los cuernos y poner remedio a esto último que nos ha perturbado toda la noche. Pero cuando ponemos los pies en el suelo nos vemos descalzos, semidesnudos y rodeados de un círculo de motas de polvo unidas entre sí que carece de principio y de final.
  • Madre mia!! La de problemas que vienen juntos!

Parece que no hay nada que no salga mal, hasta se han confundido con el cambio en la frutería y nos han dado de menos.
Puede que asumamos que la mala suerte nos persigue y esperemos que venga alguien a barrer nuestro polvo y, probablemente, a devolverlo debajo de nuestra cama.
No sabemos por dónde está la línea de salida. Y empezamos a dar vueltas sobre nosotros mismos anhelando el ayer porque el hoy está lleno de una mierda que, encima, ha llegado por sorpresa.
Nos sentimos perdidos, aturdidos, incómodos y fracasados. Nos enfadamos, lloramos y lamentamos. Hablamos con amigos, con familiares y hasta rezamos sin ser creyentes (por si las moscas..) para encontrar la salida.
Hay dificultades sencillas que se solventan en diez minutos, las hay que las hemos creado por no ser previsores, otras que suponen un cambio y algunas que no tienen arreglo. Puede que la solución a las que sí lo tienen no sea girar sobre nosotros, sino asumir nuestra parte de culpa en cada situación para poder ver respuestas.
Porque, tal vez, cuando tengamos el valor suficiente para admitir nuestros fallos veamos que las motas de polvo no están unidas, solo juntas. Los problemas no vienen a la vez, sino uno a uno y muchos de ellos son la consecuencia de otros que tapamos.
Puede que tan solo debamos coger la escoba y comenzar a barrer el primero que metimos bajo la cama, porque a fin de cuentas, el último ya nos ha hecho movernos, así que, porque no, hagámoslo bien y así tal vez nos demos cuenta de que al igual que no arreglar un problema lleva a otro, enmendar el primero da pie a hacerlo con el segundo.
Puede que tardemos meses e incluso años en hacer la limpieza, y entre medias, se nos cuelen montones de problemas nuevos por la ventana, pero, a fin de cuentas de esos se trata, de desequilibrarnos para poder equilibrarnos; ya que cada uno de ellos nos ayuda a valorar algo que dábamos por hecho y a lo que nos habíamos acostumbrado. Y cada solución que encontramos nos hace sentir vivos, validos y nos hace sonreír.


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